
Por Iván Buffone*
La inversión de impacto alcanzó una escala inédita. Su próximo desafío no es solamente seguir creciendo, sino lograr que sus aprendizajes influyan sobre los grandes flujos de capital y contribuyan a orientar más recursos hacia el bien público.
Hace apenas un par de décadas, la inversión de impacto ocupaba un lugar marginal dentro de la conversación económica. Era impulsada principalmente por fundaciones, organizaciones sociales, agencias de desarrollo y algunos inversores pioneros que buscaban demostrar que el capital podía hacer algo más que maximizar retornos financieros.
Hoy, el escenario ha cambiado.
Las finanzas sostenibles lograron en estos años incorporarse progresivamente al funcionamiento habitual del sistema financiero, a través de instrumentos específicos, criterios ASG, estándares de información y nuevas prácticas de gestión de riesgos. Ese avance fue fundamental para reconocer que las dimensiones sociales y ambientales también afectan el valor y las decisiones económicas. La inversión de impacto propone dar un paso más: no solo incorporar esas variables al análisis, sino orientar capital de manera intencional y medible hacia soluciones concretas.
Los activos gestionados bajo estrategias de inversión de impacto alcanzan cerca de USD 1,57 billones a nivel global. Este enfoque forma parte del lenguaje habitual de bancos, fondos de inversión, organismos multilaterales, empresas, fundaciones y reguladores, y dio lugar al desarrollo de metodologías, métricas, estándares, instrumentos financieros y una comunidad global cada vez más consolidada.
El crecimiento es significativo. Pero todavía representa una proporción reducida frente a los más de USD 128 billones que administra la industria global de gestión de activos.
Esa diferencia permite dimensionar el verdadero desafío: el próximo salto de la inversión de impacto no dependerá únicamente de cuánto crezca su propio mercado, sino de cuánto logre influir sobre el resto del capital.
Durante años, el ecosistema de impacto cumplió una función indispensable.
Incorporó a la agenda económica cuestiones que habían permanecido demasiado tiempo fuera de las decisiones de inversión: el cambio climático, la biodiversidad, la inclusión financiera, los derechos humanos, la diversidad, el desarrollo territorial y la reducción de desigualdades.
También demostró que era posible generar resultados sociales y ambientales positivos sin resignar sostenibilidad económica. Ayudó a construir un lenguaje común entre actores que históricamente habían trabajado de manera separada: la filantropía, las organizaciones sociales, el sector público, la cooperación internacional, las empresas y los mercados financieros.
Pero, sobre todo, produjo algo que hoy resulta especialmente valioso: conocimiento sobre cómo orientar recursos hacia resultados concretos, medir esos resultados y gestionar las tensiones entre retorno, riesgo e impacto.
Ahora es necesario que esos aprendizajes dejen de circular únicamente entre quienes ya forman parte del ecosistema.
Mientras la inversión de impacto sea percibida como una agenda paralela, su capacidad de transformación será limitada. Podrá crear nuevos fondos, perfeccionar sus instrumentos y administrar más capital, pero continuará dialogando principalmente con quienes ya están convencidos de su importancia.
Salir del nicho no significa abandonar la identidad del impacto. Significa llevar sus preguntas, herramientas y soluciones hacia los espacios donde se toman las grandes decisiones económicas.
El contexto global volvió a cambiar.
La inestabilidad geopolítica ocupa el centro de la escena y el gasto militar mundial se aproxima a los USD 2,9 billones anuales. La seguridad energética se convirtió en una prioridad estratégica. La inteligencia artificial abrió una nueva carrera tecnológica, acompañada por una presión creciente sobre la infraestructura, la energía y los minerales críticos. Las cadenas globales de suministro se están reorganizando y la inversión en infraestructura productiva recuperó un lugar central.
Frente a este escenario, ya no alcanza con preguntarse cómo ampliar el mercado de impacto. Es necesario pensar cómo lograr que los valores, las metodologías y las soluciones desarrolladas por este ecosistema influyan sobre los flujos de capital que están redefiniendo la energía, la producción, la tecnología, las ciudades y los territorios.
Los desafíos sociales y ambientales no perdieron relevancia porque el mundo comenzara a hablar más de competitividad, autonomía estratégica, seguridad energética o innovación tecnológica. Por el contrario, están profundamente conectados.
No hay seguridad alimentaria sin ecosistemas saludables. No hay competitividad sin adaptación climática. No hay infraestructura resiliente sin comunidades y territorios preparados. No hay estabilidad económica sin cohesión social. Tampoco hay productividad sostenible cuando las cadenas de valor profundizan la desigualdad, la degradación ambiental o la conflictividad territorial.
La adaptación climática es uno de los ejemplos más evidentes. Los países en desarrollo necesitarán cientos de miles de millones de dólares por año para enfrentar eventos extremos, transformar infraestructura vulnerable y adaptar sus sistemas productivos. Sin embargo, los recursos movilizados continúan muy por debajo de esas necesidades.
La distancia entre la magnitud de los desafíos y el financiamiento disponible muestra que ningún sector podrá resolverlos de manera aislada.
No se trata de pedirle a todo el sistema económico que adopte el lenguaje tradicional de la inversión de impacto, sino de demostrar que muchas de las respuestas que hoy buscan gobiernos, empresas e inversores ya forman parte de esta agenda.
La inversión de impacto no tiene solamente problemas para visibilizar. Tiene conocimientos, capacidades e instrumentos para ofrecer.
Tiene experiencia para pensar cómo financiar infraestructura resiliente, acompañar transiciones productivas, fortalecer economías regionales, ampliar oportunidades, desarrollar soluciones basadas en la naturaleza y generar empleo de calidad.
Para asumir ese papel, necesita participar activamente de las conversaciones sobre energía, infraestructura, tecnología, comercio, producción, ciudades, alimentos y desarrollo territorial.
No para diluir su identidad, sino para demostrar que la inclusión, la regeneración de los ecosistemas, la biodiversidad, la adaptación climática y la cohesión social no son agendas accesorias. Son condiciones para construir una economía viable en un mundo más incierto.
Esto también exige traducir sin banalizar: hablar de impacto en el lenguaje de la resiliencia, la productividad, la innovación, la competitividad y la gestión de riesgos. Demostrar que invertir con impacto no es solamente una decisión ética ni una estrategia reputacional, sino una forma más completa de comprender el valor, el riesgo y las oportunidades.
Financiar los grandes desafíos colectivos exige ir incluso un paso más allá de la inversión de impacto. Supone preguntarnos cómo articular recursos públicos, privados y filantrópicos para abordar problemas que exceden la capacidad, los incentivos y el mandato de cualquier organización individual.
Los distintos tipos de capital pueden desempeñar funciones diferentes.
El capital filantrópico puede asumir riesgos que otros actores no están en condiciones de tomar, financiar innovación, producir conocimiento, fortalecer organizaciones y probar soluciones antes de que alcancen escala.
El sector público puede establecer prioridades, construir marcos institucionales, garantizar derechos y generar condiciones para que las soluciones lleguen a toda la sociedad.
Las empresas pueden aportar capacidad de ejecución, tecnología, innovación y acceso a mercados. Los inversores pueden movilizar recursos, profesionalizar vehículos y sostener soluciones en el tiempo.
Las finanzas para el bien público aparecen en la articulación entre esos actores. No se trata solamente de sumar fuentes de financiamiento, sino de construir mecanismos de colaboración capaces de alinear incentivos, distribuir riesgos, generar confianza y orientar recursos hacia resultados colectivos.
Para las fundaciones y empresas comprometidas con el bien público, esto supone una oportunidad y también una responsabilidad. La filantropía no necesita reemplazar al Estado ni competir con el mercado. Puede cumplir un papel singular como capital catalítico: abrir caminos, conectar actores, fortalecer capacidades y hacer posibles iniciativas que, de otra manera, no encontrarían quién asumiera el riesgo inicial.
El desafío, entonces, no es únicamente lograr que exista más inversión de impacto. Es conseguir que una proporción cada vez mayor del capital —público, privado y filantrópico— se movilice alrededor de objetivos compartidos y contribuya a construir soluciones que ningún actor podría alcanzar por separado.
Porque la pregunta central no es cuánto capital administra el ecosistema de impacto, sino cuánto del capital que mueve nuestra economía somos capaces de orientar hacia un desarrollo que reduzca desigualdades y vulnerabilidades, amplíe oportunidades y fortalezca los bienes públicos que sostienen nuestra vida en común.
Salir del nicho, en definitiva, significa lograr que el impacto deje de ser una categoría específica dentro del sistema financiero y se convierta en una dimensión central de todas las decisiones que construyen futuro.
*Iván Buffone es Líder de Innovación de GDFE.